Psicóloga con más de quince años acompañando a personas, familias y equipos. He trabajado con UNICEF, UNFPA y World Vision, fui docente universitaria, me especialicé en trauma y fundé mi propia escuela de formación. Hoy, desde Frisia, acompaño a través de la creatividad.
Pero detrás de ese currículum hay una historia con muchos giros. ¿Un restaurante? ¿Nicaragua? ¿Países Bajos? ¿Y cómo terminó todo esto en psicología con las manos? Mi camino no ha sido una línea recta.
Ve abriendo las preguntas y te lo cuento por partes.
- Psicóloga.
- Especialización en estrés postraumático complejo y trauma complejo.
- Máster en Gerencia Social, Políticas Públicas y Programas Sociales.
- Formación en Executive Coaching y Team Coaching por Coach Heart, Argentina.
- Mentora Diplomada por AMCES, Asociación Española de Mentoring y Coaching.
- Actualmente en formación como terapeuta creativa en NHOC Países Bajos.
Todos pensamos. Todos sentimos. Y todos tenemos que decidir qué hacer con eso.
Nací en Nicaragua, en América Central, un país de gente amable, trabajadora y muy creativa. De niña dibujaba y hacía manualidades sin parar (mi mamá pensaba que acabaría en Arquitectura). Con mi tía me sentaba a crear, probar e inventar. Pero en casa también había libros de Psicología (mi mamá es psicóloga) y yo los abría e intentaba entenderlos. Entendía la mitad de la mitad, pero algo me atraía.
Tenía dos mundos delante: crear con las manos por un lado, la Psicología por otro. Nunca pensé que tuvieran algo que ver. Cuando llegó el momento de elegir carrera, ganó la Psicología, y la creatividad quedó en el lugar del hobby.
Dos mundos separados: las manos que crean y la cabeza que piensa. Spoiler: se encuentran.
Te imaginarás entrevistas clínicas, diagnósticos, pacientes. Pero hay excepciones a la regla, y yo fui una de ellas: mi primer camino fue Recursos Humanos. Y ahí apareció algo que se repetiría muchas veces sin que yo lo notara: los talleres. Hacía team building, y me encantaba jugar. Pero no jugar por jugar: a mí me gustaban los juegos con intención.
De esos donde al principio alguien piensa «¿y esta mujer por qué nos pone a hacer esto?» y un rato después estábamos hablando de confianza, liderazgo o trabajo en equipo. Me fascinaba lo que pasaba cuando la gente dejaba de escuchar sentada y tenía que hacer algo.
No pensaba en «aprendizaje experiencial» ni intentaba crear una metodología. Solo sabía que disfrutaba convertir un tema en una experiencia que sirviera de verdad. Nada de esas capacitaciones de cuarenta diapositivas donde lo único que recuerdas es que había café.
Hasta ahí todavía podías mirar mi currículum y pensar: «Bueno, ella se quedó en psicología laboral». Pues no.
Aparentemente, entre «psicóloga» y «restaurantera», mi cerebro vio una línea profesional razonable. Invertí mis ahorros y lo dejé precioso. El día de la inauguración estaba todo listo: el lugar, las mesas, la comida, yo. Faltaba un pequeño detalle: la gente. No llegó nadie.
Todo listo… menos las mesas ocupadas. En aquel momento no tuvo ninguna gracia, lo prometo.
El restaurante cerró y empezó una etapa nada divertida: sin negocio y sin trabajo al cual volver. Así que empecé a tocar puertas, que demostraron una habilidad extraordinaria para permanecer cerradas. Hasta que una se abrió.
Una puerta que cambió el camino
La única puerta que se abrió para mí fue la del Ministerio de la Familia, donde entré como técnica social de protección a la niñez. Esa experiencia ha sido la más transformadora de mi trayectoria: significó no solo crecimiento profesional, sino también personal. Estar tan cerca del dolor ajeno me enseñó a mirar de frente y comprender también mi propio dolor. Y así fue como pasé del mundo de la psicología laboral al trabajo social y comunitario, con familias, comunidades y realidades mucho más complejas. Con el tiempo me acerqué a lo clínico, profundizando en trauma y trauma complejo, hasta llegar a ser Directora de la Unidad Especializada en Trauma Complejo y Abuso Sexual Infantil en la misma institución. Fui consultora independiente para organismos internacionales como UNICEF, UNFPA y World Vision (Visión Mundial), y docente universitaria en una de las universidades más prestigiosas de mi país. Y en ese camino nació CAHUSA, mi escuela de formaciones y talleres para profesionales que acompañan. ¿Y adivinas qué seguía haciendo? Talleres.
Y después me fui a vivir a Países Bajos
Como si la historia necesitara otro giro, me enamoré de un neerlandés frisón, de su familia y de Friesland, y terminé mudándome a su tierra. Con el tiempo fui enamorándome también de sus canales tranquilos, sus pueblos pequeños, sus cielos inmensos y esa forma serena de vivir, sin tanta prisa. Me enamoré del pompeblêd de su bandera, de los elegantes caballos frisones negros, de las galletas Fryske dúmkes y de mil pequeñas cosas que todavía sigo descubriendo. Tal vez eso es lo que más me gusta de Friesland: que, poco a poco, se ha ido convirtiendo también en mi refugio.
Y llegó una pregunta que reconocerás si empezaste de nuevo: ¿qué hago ahora con todo lo que ya soy? Ahí me acerqué a la terapia creativa: collage, acuarela, mosaico, kintsugi y, sobre todo, macramé. No sé cuándo los nudos tomaron tanto protagonismo, pero aquí estamos.
Y apareció una sospecha incómoda: «Karina, ¿otra vez te estás dispersando?» Entonces hice algo muy sencillo: miré hacia atrás.
¿Y ahora qué hago con todo lo que ya soy? La pregunta que aparece cada vez que empiezas de nuevo.
Al principio pensé que descubría algo nuevo. Pero no: algo estaba regresando. Aquella niña que dibujaba y creaba con su tía se reencontraba con la Psicología de los libros de su mamá.
Cuando miro hacia atrás, veo que todo estaba ahí desde el principio: las manos que crearon junto a mi tía y la psicología de los libros de mi mamá, esperando encontrarse. En Países Bajos me reencontré conmigo misma: no sé si llamarlo soledad profesional, pero sí una búsqueda de hacer cosas que tuvieran sentido y propósito para mí. Esa búsqueda me llevó de nuevo a la creatividad, ahora a través de mi formación como terapeuta creativa, donde estoy uniendo la psicología y la creatividad. Así fue como todo terminó conectándose.
¿Por qué Karina, y no otra gran estructura?
Durante años construí proyectos bajo CAHUSA, que sigue siendo parte importante de mi trabajo. Pero en Países Bajos decidí empezar más sencillo: presentándome yo. No porque CAHUSA desaparezca, sino porque quizá esta vez no necesito construir toda la casa antes de atreverme a abrir la puerta.
Puedo empezar haciendo el trabajo, conociendo personas y dejando que el proyecto encuentre su forma. Y si crece, CAHUSA crece con él. Sigo formando profesionales a través de CAHUSA: esa parte no se detiene.